Por: Marcio Sierra
Sin orden democrático no puede lograrse la estabilidad política ni la convivencia social y tampoco el desarrollo institucional de Honduras. Actualmente, bajo la gobernabilidad nacionalista, se ven señales que indican esfuerzos a fin de establecer dicho orden. Al respecto, sociólogos y politólogos, entienden por orden democrático lo siguiente: para Max Weber, es un orden político legitimo que surge cuando la autoridad es aceptada socialmente bajo normas racionales y legales. Una democracia estable se logra con instituciones legitimas y un Estado capaz de ejercer autoridad dentro del marco de la ley. Según, Émile Durkheim, el orden democrático implica que en la sociedad existen valores comunes que permiten la convivencia, la solidaridad y la estabilidad institucional. El sociólogo Talcott Parson, concibe el orden democrático como un sistema de integración social donde las instituciones políticas canalizan conflictos y mantienen equilibrio, mediante reglas aceptadas por la mayoría. El politólogo Robert Dahl, sostiene que el orden democrático depende de la competencia política y del respeto a las libertades públicas. Y Jurgen Habermas afirma que el orden democrático, se fortalece mediante el dialogo racional y la participación ciudadana en el espacio público, para este científico social, la legitimidad democrática nace de la deliberación y del consenso social. En síntesis, podemos entender que el orden democrático se refiere a la organización política y social que se sustenta en instituciones legitimas, el respeto constitucional, la participación ciudadana, el pluralismo político y la garantía a los derechos y libertades fundamentales. Lo cual implica, respetar la autonomía de poderes y no capturarlos para abusar de ellos, tener elecciones libres y periódicas, respetar el Estado de derecho, la libertad de expresión, de participación política, el control ciudadano sobre el poder y la estabilidad institucional y la convivencia pacífica.
Sí el gobierno nacionalista establece el orden democrático, basados en las anteriores especificaciones relativas al orden democrático, entonces, van a lograr un tejido social democrático y van a consolidar la confianza ciudadana en el sistema político de Honduras. El gobierno nacionalista democrático no puede permitir que la democracia pierda vitalidad y nada más la conviertan en un mecanismo electoral al distanciarla de las aspiraciones reales de la población. Nuestra sociedad está marcada por una fragmentación política y tensiones ideológicas que requieren que la gobernabilidad democrática prevalezca. La madurez política del gobierno nacionalista debe reflejarse en su capacidad para administrar diferencias sin dañar las libertades fundamentales ni debilitar el sistema republicano. Un nacionalismo democrático auténtico no busca imponer hegemonías excluyentes, sino fortalecer la identidad nacional dentro de un marco de convivencia plural, respeto institucional y cohesión social. El desafío actual de la gobernabilidad nacionalista radica en demostrar que sí es posible, ejercer autoridad, sin menoscabar la democracia, impulsando transformaciones sin destruir instituciones y promoviendo cambios estructurales sin sacrificar la libertad ciudadana.
La diferencia entre la gobernabilidad democrática nacionalista y la gobernabilidad socialista refundacional está en que el modelo refundacional socialista, subordinó el Estado a intereses ideológicos o personalistas. Por lo tanto, el orden democrático bajo la gobernabilidad nacionalista debe sustentarse en la institucionalidad republicana, el respeto constitucional, la participación ciudadana y la defensa de las libertades públicas. Solo de esta manera, se puede llegar a consolidar un modelo político capaz de preservar la estabilidad, garantizar la soberanía y promover el desarrollo nacional legitimo y sostenible. La verdadera fortaleza de Honduras no se medirá por la concentración del poder, sino por la solidez de sus instituciones y la confianza de su pueblo dn la democracia.
