Considerado uno de los comediantes más brillantes de su generación, Robin Williams enfrentó en silencio una enfermedad cerebral que no fue diagnosticada correctamente mientras vivía. En mayo de 2014 fue informado de que padecía Parkinson, pero tras su fallecimiento en agosto del mismo año, la autopsia reveló que en realidad sufría demencia con cuerpos de Lewy, una condición mucho más compleja y agresiva.
Según el testimonio de su viuda, la enfermedad estaba extendida en casi todo su cerebro. Especialistas señalaron que se trataba de uno de los casos más severos registrados. Este trastorno provoca alucinaciones, paranoia, fallas motoras y cambios profundos en la personalidad, síntomas que el actor experimentó en sus últimos meses sin comprender completamente lo que le ocurría.
A pesar de su lucha interna, Williams dejó una huella imborrable en el cine y la comedia. Gran parte de su trabajo se caracterizó por la improvisación, como en Good Morning, Vietnam y su icónico papel del Genio en Aladdin, donde creó extensas escenas improvisadas que marcaron la versión final. También protagonizó un desacuerdo con Disney por el uso comercial de su personaje, lo que lo llevó a alejarse temporalmente de la franquicia.
Fuera de los reflectores, el actor destacó por su generosidad y lealtad. Donó grandes sumas a causas sociales de forma anónima y mantuvo una estrecha amistad con Christopher Reeve desde sus años en la academia Juilliard. Incluso en momentos difíciles, como tras el accidente que dejó paralizado a Reeve, Williams logró sacarle una sonrisa. Su historia revela el contraste entre el humor que ofrecía al mundo y la batalla silenciosa que libraba en su vida personal.
